La corrupción en los negocios es, probablemente, tan antigua como los negocios mismos; de hecho, existen evidencias que se remontan al antiguo Egipto, Babilonia, Grecia y Roma. Ya Moisés tuvo que enseñar a los israelitas: “No aceptes un soborno, porque el soborno ciega los ojos de los rectos y trastoca las palabras de los justos”.
La corrupción puede ser entendida, en sentido muy amplio, como la degeneración de los principios por los que se rige una sociedad, o, más estrictamente, como el abuso de las funciones y los recursos públicos para el beneficio privado.
En años recientes hemos podido comprobar las nefastas consecuencias derivadas de la corrupción, las conductas injustas, y la divulgación de las acciones corruptas gracias a los modernos medios de comunicación, han servido para que todos seamos más conscientes, primero, de la extensión y profundidad del fenómeno de la corrupción, en todas las economías, tanto en vías de desarrollo como avanzadas; segundo, de las consecuencias nefastas que se derivan de ella, para las personas, las empresas y los países, y tercero, de la importancia de erradicar los comportamientos corruptos, como medio para ganar en justicia, eficiencia, solidaridad, libertad y democracia.
La corrupción suele ser el resultado de, al menos, tres factores: oportunidad, beneficio y riesgo. La oportunidad viene dada habitualmente por la concentración de poder de decisión en una persona u organismo, sin el control suficiente; el beneficio se deriva de los ingresos que puede obtener el corrupto, y el riesgo se refiere a la detección de la corrupción y a su castigo. La lucha contra la corrupción se orienta, pues, a la reducción de sus oportunidades y beneficios y al aumento de sus riesgos.
Entre las razones para que las empresas deseen combatir positiva y eficazmente la corrupción, tanto activa (ofrecer o pagar sobornos) como pasiva, están: cumplir las leyes, reducir los costes, conseguir un ambiente ético en la empresa, cumplir con sus deberes sociales, ganar una reputación como empresa honrada, etc.
Al analizar lo anterior nos damos cuenta que la corrupción esta presente en nuestra sociedad, por lo tanto para que una empresa pueda hacerle frente, y llevar a cabo esa defensa contra la corrupción, en nuestra opinión se pueden aplicar medidas preventivas como; Declaración de voluntad, definición de responsabilidades, establecimiento de criterios generales, bajar a detalles, mecanismos de denuncia, transparencia, restitución, supervisión y control, y formación. O medidas correctoras como por ejemplo elaborar una nueva estrategia contra ese fenómeno (y anunciándola, y poniéndola en práctica), revisando con detenimiento todas las situaciones anteriores en que se pudo haber producido una actuación corrupta, intensificando las medidas de información y formación a sus empleados.
En conclusión ninguna empresa esta libre de actos de corrupción (ya sea activa o pasiva), por lo tanto debe estar alerta para prevenirla o en caso de que esta se diera tratar de que la empresa aproveche esa ocasión para dar un nuevo impulso a su lucha contra la corrupción, haciendo de lo que, en principio, puede ser visto como una contrariedad o incluso un problema grave, una ventaja competitiva. Las sociedades de todo el mundo se han dado cuenta de los elevados costes económicos, sociales, políticos, humanos y éticos que se derivan de la corrupción, y hay que aprovechar esa conciencia para introducir nuevos criterios de moralidad en las empresas.